lunes, 9 de abril de 2012

2º BACHILLERATO. LITERATURA 3ª EVALUACIÓN. TEMA 8: LA NOVELA POSTERIOR A 1939.


LA NOVELA DE POSGUERRA.

DÉCADA DE LOS CUARENTA: LA NOVELA EXISTENCIAL.
Los años cuarenta fueron la década más dura de la posguerra y coinciden con la Segunda Guerra Mundial, en la que España se mantuvo neutral. Es un período de fuerte censura, en el que se prohibió el derecho de reunión y asociación sin autorización del gobierno y el uso de cualquier lengua que no fuera el castellano en educación y en la Administración.
La vida cultural sufre un paréntesis tras la guerra debido a la censura implacable que impedía la recepción general del pensamiento extranjero y que encorsetó la evolución del propio. Se promueve en este ambiente otro tipo de “cultura” basada en las novelas rosas, los tebeos y las canciones populares
El ambiente de desorientación cultural de comienzos de la posguerra es muy acusado en el campo de la novela. Se ha roto con la tradición inmediata: quedan prohibidas las novelas sociales de preguerra y las obras de los exiliados, así como la de aquellos autores extranjeros contrarios al régimen. Además, la novela deshumanizada no podía servir de modelo, ni resultan imitables modelos como Miró, Pérez de Ayala o Ramón Gómez de la Serna. Retrocediendo un poco más, sólo la obra de Baroja parece servir de ejemplo para ciertos narradores de la llamada “Generación del 36” (o de la guerra). Junto al desolado realismo barojiano, se cultivaron otras líneas: la novela psicológica, la poética y simbólica... Es una época de búsqueda, de tanteos muy diversos.
Como continuadores del realismo tradicional tenemos la obra de Ignacio Agustí (Mariona Rebull), la de Zunzunegui (La vida como es y ¡Ay... estos hijos!) y la de J.Mª Gironella que elaboró una trilogía sobre la guerra y la posguerra.
Sin embargo, es la novela existencial la más destacada en este período, de ahí que los grandes temas sean la soledad, la muerte, la frustración, la incertidumbre de la existencia y la dificultad de comunicación entre los hombres. Abundan los personajes marginales y desarraigados (como Pascual Duarte) o desorientados y angustiados (como Andrea), lo que revela sin duda el malestar del momento, malestar que en último término es social y que se trasluce en esas pinturas grises, cuando no sombrías. Pero la censura hace imposible cualquier intento de denuncia y limita los alcances del testimonio. Por eso no se puede hablar aún de novela social, ya que lo que caracteriza a la novela de los años cuarenta es la trasposición del malestar social a la esfera de lo personal, de lo existencial. Si en esta década las novelas nos muestran personajes puestos a prueba en situaciones extremas, durante la década de los cincuenta se centrarán en el conflicto de la colectividad hasta que ya en los sesenta se tenderá hacia la novela psicológica mediante la exploración de la conciencia humana y de su entorno social.
Dos son las fechas que se señalan como momento de un nuevo arranque del género que renueva la técnica tradicional de la novela realista: 1942, con La familia de Pascual Duarte de Cela, y 1945, con Nada, de Carmen Laforet. Entre esos años o poco después se revelan autores como Torrente Ballester, Gironella, Delibes...
La familia de Pascual Duarte, con su agria visión de la realidad, inaugura una corriente que se llamó “tremendismo” y que consistía en una selección de los aspectos más duros y sórdidos de la vida (situaciones repulsivas y espeluznantes, prostitutas, tarados y criminales). La novela es una confesión y una justificación que un condenado a muerte hace de sus crímenes desde la cárcel. Otras novelas destacables de Cela en la década de los cuarenta: Pabellón de reposo, Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo de Tormes o Viaje a la Alcarria.
Carmen Laforet consigue con Nada en 1945 el Premio Nadal. Narrado en primera persona y verosímilmente autobiográfico, esta novela era una implícita denuncia de la sordidez y la miseria física y moral─ de la burguesía barcelonesa tras el trauma bélico. A través de Andrea, la protagonista, que viaja a Barcelona cargada de esperanzas para estudiar en la universidad, nos muestra la parcela irrespirable de la realidad cotidiana del momento, recogida con un estilo desnudo y un tono desesperadamente triste.
De tristezas y de frustración hablaba también Delibes en su primera novela, La sombra del ciprés es alargada (1947), aunque con el contrapeso de una honda religiosidad. Es una novela de temática existencial por el pesimismo con que trata personajes y circunstancias.
Empieza también a destacar por estos años Torrente Ballester, aunque al margen de la literatura existencial: su obra, que experimenta una gran evolución, es difícilmente clasificable. En estos años destacan títulos como Javier Mariño y El golpe de estado de Guadalupe Limón.

LA DÉCADA DE LOS CINCUENTA: EL REALISMO SOCIAL.
Durante los años cincuenta España experimenta una etapa de apertura al exterior: se permite cierto pluralismo interno, se suavizan las relaciones diplomáticas con las potencias occidentales, se permite la entrada en la ONU a España en 1955 y se da un cambio en la política económica que favorece el crecimiento de la renta nacional. Una activa clase media de profesionales, comerciantes y funcionarios desarrollaron poco a poco la economía del país. La marcha a Europa de una enorme masa de trabajadores produjo envíos de dinero que, unidos al incremento paulatino del turismo en nuestro país, harían posible el progreso que se daría durante los años sesenta.
En esta década conviven dos generaciones de escritores: por un lado, los que forman la llamada Generación del 36 (Cela, Torrente Ballester y Miguel Delibes), y otro, aquellos autores nacidos entre 1925 y 1935 que se conocen como “Generación de medio siglo” (Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute, Juan Goytisolo o Ignacio Aldecoa).
La angustia existencial de los años cuarenta da paso a las inquietudes sociales: la novela social será la corriente dominante entre 1951 y 1962 (fecha en que se publica Tiempos de silencio de Luis Martín Santos).
Será La colmena, de Cela, la que inaugure el realismo social en la novela en 1951 con su despiadada visión de la sociedad madrileña a través de un narrador en tercera persona que actúa como mero testigo de aquello que cuenta. Es una obra de protagonista colectivo en la que aparecen unos 300 personajes, entre los que se puede destacar a Martín Marco. Aparecen representadas todas las clases sociales de ese Madrid de 1942 en el que se centra la obra: el señorito vividor, el pedantón, el impresor adinerado, el guardia, el prestamista, el poeta joven, los músicos miserables, el poeta joven y ridículo...; las beatas, las prostitutas del más variado nivel, las dueñas de las casas de citas, las alcahuetas, la niña vendida a un viejo verde... Se trata, en general, de seres mediocres y, a menudo, de baja talla moral. Pocos se salvan de la vulgaridad, abundan los despreciables (especialmente entre los acomodados), aunque también hay figuras conmovedoras apaleadas por la vida, a veces con una pizca de nobleza. El diálogo ocupa un puesto eminente en la caracterización de los personajes. El ambiente es sobre todo humano: la suma y las relaciones de estos personajes a lo largo de tres días del año 1942.
Otra obra representativa de 1951 es La noria, de Luis Romero, también de protagonista colectivo pero con Barcelona como marco. Y hay que añadir además dos novelas también iniciadoras de Delibes: El camino (1950), que muestra el paso del mundo infantil al adulto, y Mi idolatrado hijo Sisí (1953). Ambas muestran con ojos críticos parcelas concretas de la realidad española: un pueblo castellano y una familia burguesa.
Se llama el año inaugural de la novela social en el sentido más estricto a 1954, momento en que se dan a conocer los autores de la Generación de medio siglo (Igancio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana Mª Matute, Juan Goytisolo, Carmen Martín Gaite, Caballero Bonald...). Entre ellos hay evidentes rasgos comunes, fundamentalmente la solidaridad con los humildes y los oprimidos, la disconformidad ante la sociedad española, el anhelo de cambios sociales.
Desde el punto de vista de la temática, la sociedad española y sus problemas se convierte en tema principal y deja de ser un puro marco. La influencia de J.P. Sartre es importante.
Las novelas que muestran la aludida solidaridad con los humildes se centrarán en tres temas fundamentales: la dura vida del campo, las relaciones laborales o las novelas de tema urbano en las que predominan las que presentan ese mundo fronterizo a la ciudad que es el suburbio, con toda su miseria. En el extremo opuesto se hallan las novelas de la burguesía, en las que la juventud desocupada y abúlica pasa a primer plano.
En cuanto a la técnica y estilo, el contenido tiene toda la prioridad y a él se subordinan las técnicas elegidas: se antepone la eficacia de las formas a su belleza y se rechaza la pura experimentación y el virtuosismo. La estructura del relato suele ser aparentemente sencilla. Se prefiere la narración lineal y la sencillez y concisión se perciben asimismo en las descripciones, que no son muy abundantes y que tienen un papel predominantemente funcional (presentación de ambientes). Sin embargo, bajo esa aparente sencillez hay un esfuerzo considerable en la construcción al concentrar la acción en un breve espacio de tiempo (El Jarama o Duelo en el paraíso tienen una duración de un día).
Clara preferencia por el personaje colectivo (siguiendo los pasos de Dos Passos y Sartre), de las que fueron pioneras La colmena y La noria. Junto a éste, también es propia de la novela social la presencia del personaje representativo, tomado como síntesis de una clase o de un grupo, más que como individuo dotado de psicología singular.
El diálogo es imprescindible y se aprecia además un empeño en los autores por recoger el habla viva, ya sea de los campesinos, obreros o señoritos burgueses. El lenguaje adopta normalmente el estilo de la crónica, desnudo, directo.
En lo concerniente a la orientación estética, dentro del realismo dominante pueden señalarse dos actitudes o enfoques:
a. El objetivismo.
Se propone un testimonio escueto de la sociedad sin aparente intervención del autor. Su manifestación extrema fue el conductismo, procedente del behaviorism americano (behaviour=conducta) y que consiste en limitarse a registrar la pura conducta externa de individuos o grupos, y a recoger sus palabras, sin comentarios ni interpretaciones, aunque en la práctica es difícil establecer la frontera entre el objetivismo y el realismo crítico.
La novela más representativa de esta tendencia fue El Jarama (1956) de Sánchez Ferlosio, novela sobre el tedio que invade una sociedad gris y sin aliento. Otras obras y autores destacables de esta corriente: Ignacio Aldecoa con El fulgor y la sangre y Con el viento solano; Jesús Fernández Santos con Los bravos y Carmen Martín Gaite con Entre visillos.

b. El realismo crítico.
Los novelistas no aceptan la realidad que ven a su alrededor, de ahí que la disconformidad y la rebeldía sean sus rasgos más característicos. Hay que explicar la realidad (no sólo mostrarla) poniendo de relieve sus mecanismos profundos y denunciándolos. El autor, por ello, toma partido, valora las circunstancias y utiliza la novela como vehículo de denuncia social. Destacan dentro de esta corriente Juan Goytisolo con Duelo en el paraíso, la trilogía El mañana efímero o Fin de fiesta, centradas en la hipocresía y el egoísmo de la burguesía, o Luis Goytisolo con Las afueras. Otros: Juan García Hortelano con Nuevas amistades, Caballero Bonald o Jesús López Pacheco.
Ana María Matute, aunque con reflejos y de intención social, constituye en sí misma un nuevo género por la refinada prosa poética y su poderosa imaginación: el realismo lírico, bajo cuya denominación se agrupan títulos como Los Abel, Fiesta al Noroeste, Pequeño teatro o Los hijos muertos.

LA DÉCADA DE LOS SESENTA: LA NOVELA EXPERIMENTAL.
Durante la década de los sesenta se produjo un importantísimo crecimiento económico que poco a poco fue modificando la sociedad española. El gobierno se siente tan fuerte que amplía su nivel de tolerancia respecto a las libertades y a las manifestaciones de la oposición. Los principales motores del crecimiento económico y de la paulatina modernización del país fueron el turismo y las inversiones extranjeras.
En la segunda mitad de esta década surge el terrorismo como nueva fuerza de oposición al régimen.
A pesar de que a comienzos de los sesenta predominan aún las formas realistas, objetivistas y de intención social, comienzan a manifestarse signos de cansancio del realismo dominante en la novela española. Algunos críticos manifiestan la necesidad de fantasía o lamentan la despreocupación del escritor respecto del lenguaje. A ellos se suman incluso ciertos adalides del realismo social como Goytisolo, quienes pasarán a propugnar la necesidad de una renovación formal y de enfoques más complejos. Nace la inquietud de conciliar visión crítica y modernidad literaria, se reivindican los aspectos formales y expresivos y se huye de la mera reproducción.
En esta década la censura es menos estricta y nuestros autores tienen cada vez más en cuenta las aportaciones de los grandes novelistas extranjeros como Marcel Proust (En busca del tiempo perdido), William Faulkner (máxima figura de la “generación perdida” norteamericana), Kafka (La Metamorfosis), James Joyce (Ulises) o la noveau roman francesa. Junto a ellos, pronto causaría un gran impacto la nueva novela hispanoamericana: La ciudad de los perros (1962) de Vargas Llosa y Cien años de soledad (1967) de García Márquez serán dos hitos fundamentales. Se dan numerosas innovaciones en las técnicas narrativas como la combinación del monólogo interior, el estilo directo, el indirecto y el indirecto libre; se destruye el párrafo como unidad textual, se superponen varios planos de acción; el personaje es vagamente caracterizado y en la lengua se vuelve a experimentar con la metáfora en asociaciones imposibles.
En cuanto a las características de la novela experimental, podríamos resumirlas en: se organiza en secuencias separadas por espacio en blanco, no por capítulos; el argumento o se disuelve en pequeñas historias que se entrecruzan o se relega a un segundo plano y en él se da cabida junto a lo real, a lo fantástico y lo onírico. Las historias se suceden de manera alternativa, según la técnica del contrapunto. Cuando los personajes son numerosos, se recurre a la técnica caleidoscópica para relatar sus historias. El mundo narrado llega al lector no sólo a través del narrador omnisciente tradicional, sino también desde la perspectiva de un personaje (punto de vista único) o desde múltiples perspectivas, para ofrecer distintas versiones o interpretaciones de una mima historia. Además de la primera y tercera persona, se emplea la segunda persona narrativa, a la manera de un tú reflexivo que se identifica con el personaje que habla. Pierde peso el diálogo en favor del estilo indirecto libre y del monólogo interior, que permite al lector abismarse en la conciencia íntima del personaje. Los personajes reciben un tratamiento individualizado, tienen una personalidad problemática, buscan su identidad y suelen fracasar en el pulso que mantienen con la sociedad. Su vida no se narra cronológicamente, sino que son frecuentes los saltos temporales del presente al pasado (flash back). El relato suele comenzar de manera abrupta (in medias res) y tiene un final abierto. El lenguaje incorpora todos los registros del habla y parodia textos de diversa procedencia (ensayísticos, publicitarios....)
En 1962 Tiempo de silencio de Luis Martín Santos inaugurará la nueva etapa de nuestra narrativa, ya que supuso una renovación formal e ideológica. La obra trata del proceso interior del personaje principal: es una novela “de protagonista”: Pedro viene a ser trasunto de la condición humana. Es un personaje borroso, zarandeado o anulado por las circunstancias del que sólo conocemos sus proyectos de investigación científica. El desarraigo, la impotencia y la frustración marcan a este protagonista y son los temas centrales que confieren a esta novela su significación existencial. Además la novela sitúa este desconsolado reflejo de la miseria existencial en un marco social concreto: el Madrid de los años del hambre y sus distintos estratos sociales: la clase alta, un mundo superficial que vive al margen de la realidad y que se caracteriza fundamentalmente por su inutilidad; la clase media-baja, que por encima de cualquier consideración moral sólo piensa en medrar; la clase baja en su capa más ínfima, el subproletariado de las chabolas donde se dan cita todas las miserias. La crítica de Luis Martín Santos es nacional y con su sátira feroz quiere ser un violento revulsivo.
Al rechazar el enfoque objetivista adopta lo que llamó “realismo dialéctico”, algo que es inseparable de su posición como narrador: a veces cede la palabra totalmente a sus personajes (monólogo interior), en otros el autor ve los hechos desde el protagonista y en otros los hechos se ven desde el narrador, que está presente en su obra (introduce de nuevo el punto de vista), prodigando comentarios y juicios sobre sus criaturas, con lo que estamos ante un enfoque subjetivista. Fundamental es el estilo indirecto libre.
Desde esta obra, en la que el autor no abandona el compromiso y profundiza en el análisis socio-político, termina la tendencia realista y se puede hablar del triunfo de la novela abierta y de imaginación.
En los diez años que van de 1962 a 1972 se suceden aportaciones decisivas en la línea de la renovación: Últimas tardes con Teresa (1966), de Jua Marsé, que supone una superación del objetivismo y una vuelta al “autor omnisciente”; Cinco horas con Mario (1966), de Delibes, un largo monólogo interior en que la protagonista evoca desordenadamente una vida y unas obsesiones; Señas de identidad (1966), de Juan Goytisolo, uno de los pioneros en la busca de nuevas técnicas narrativas, y en cuya obra se dan cambios de punto de vista, saltos en el tiempo, uso de diversas personas narrativas, monólogos interiores...; Volverás a Región (1968), de Benet; San Camilo 1936 (1969), de Cela, su experimentación más audaz; La saga/fuga de J.B (1972), de Torrente Ballester, que es a la vez un tributo al experimentalismo y una magistral parodia del mismo.

LA DÉCADA DE LOS SETENTA.
El año 1975 supone para España el retorno a la democracia y a la libertad de expresión. El país se abre a Europa y al mundo y soplan vientos huracanados de libertad: es la época del destape, de la “movida”, de la sed de conocimiento y de de la exploración.
Aquellos autores nacidos a partir de 1935 y que, salvo excepciones, se dieron a conocer después de los setenta, han sido denominados la Generación del 68, fecha emblemática de la década. La narrativa de esta época se caracteriza por los siguientes rasgos:
conservación por el interés renovador y el experimentalismo, y el alejamiento del realismo a favor del absurdo, lo imaginativo, lo onírico, acompañado de toda clase de innovaciones en las estructuras narrativas y el lenguaje. Siguen siendo muy sensibles a las influencias europeas o hispanoamericanas. Es una literatura minoritaria y fuertemente experimental que reacciona contra el realismo social.
pero el abuso del experimentalismo provoca un cierto desconcierto que acaba por favorecer el regreso a ciertos aspectos de la novela tradicional: se recupera la “historia”, el placer de contar. Se aprecia este cambio de actitud hacia 1975, que les lleva a una mayor comunicación con los lectores.
los géneros marginales se convierten en fuente de inspiración de las nuevas novelas. Surgen diferentes subgéneros en los que la intriga es el ingrediente esencial: relato fantástico o de ciencia- ficción, novela negra, novela policíaca, de aventuras, a modo de reportaje o histórica. Esta última ha tenido un fuerte desarrollo a partir de los años 80.
en cuanto a la temática, más que de temas comunes deberíamos hablar de notas frecuentes. Es frecuente un cierto sentimiento de desencanto tras el fracaso del 68 y sus anhelos de “cambio de vida”. Se suelen rechazar los valores imperantes; pero ante los problemas colectivos, se adopta a menudo una mirada distanciada, cuando no un cinismo amargo e incluso ciertas notas de evasión. En cualquier caso, se separará el compromiso político —cuando exista— del compromiso estético. Junto a ello, reaparecen las preocupaciones existenciales y la presencia de la intimidad: la soledad, el amor, las relaciones personales, la realización del individuo, el erotismo... El desencanto y el escepticismo se expresan con un tono desenfadado y humorístico, tras del que puede haber un fondo amargo o tierno. La política, en todo caso, queda al margen de la estética. Quedan lejos ya las intenciones políticas o sociales y cualquier clase finalidad didáctica o ideológica.
la defensa de la condición femenina aparece también en la obra de muchas narradoras: son novelas de corte intimista que favorecen la exploración psicológica y ponen de manifiesto la problemática de la mujer moderna y la fragilidad de la pareja.
abundan los tonos humorísticos, lúdicos o irónicos, pero también están presentes los aires nostálgicos o líricos en novelas de fuerte carácter intimista; los tratamientos culturalistas, exquisitos o refinados; el empleo libre y sin trabas de la fantasía. No es frecuente, sin embargo, el empeño por el realismo a ultranza.
—aunque los personajes suelen estar ubicados en un marco concreto cuyos rasgos se describen, lo que importa es la percepción que el individuo tiene del mundo externo, y no éste en sí mismo.
Todas estas tendencias persisten en los años ochenta con algún nuevo matiz: el experimentalismo radical es mantenido por muy pocos autores y la mayoría de los que se dieron a conocer en los años 80 se orientan hacia formas narrativas más tradicionales. Se consolidan algunas de las líneas que se iniciaron en la década anterior: el intimismo, con una variada gama de problemas personales o existenciales; el gusto por contar historias, ya sea con enfoques graves o lúdicos; y junto al culto de la vena imaginativa reaparece el realismo, pero sin propósitos testimoniales o sociales.
Se ha señalado la ausencia de grandes pretensiones en la narrativa última: no se pretende explicar el mundo sino sólo contar experiencias limitadas, a veces mínimas, o proporcionar un simple, aunque inteligente, pasatiempo al lector. Esa falta de grandes proyectos unida al abandono del vanguardismo y al rechazo de consignas, parecen encajar con la llamada era posmoderna.
Entre otros, destacan los siguientes novelistas:

Luis Goytisolo Gay. Tiene un comienzo precoz en la línea del realismo testimonial, pero tras un giro hacia el relato de imaginación (Fábulas) es en los setenta cuando nos ofrece una tetralogía de larga elaboración, Antagonía, formada por Recuento (1973), Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981). En esta obra la novela se hace reflexión sobre la novela misma.
Jose María Vaz de Soto. Destaca una serie compuesta por Diálogos del anochecer (1972), Fabián (1977), Sabas (1982) y Diálogos de la alta noche (1983). En ellas combina novedades con elementos tradicionales.Diálogo, narración y disertación ensayística se funden, pues, borrando los límites de la novela.
Eduardo Mendoza. Es acaso el narrador más representativo de su generación. Se dio a conocer ya con su obra maestra La verdad sobre el caso Savolta (1975), que combina de manera admirable el reportaje histórico, la literatura epistolar, la intriga policíaca y un fundamental ingrediente barojiano y picaresco (piénsese en la condición de auténtico antihéroe que detenta el protagonista-narrador. ). En su compleja trama, situada en la agitada Barcelona de los años 1917-1920, se entretejen conflictos sociales con una historia amorosa; así, se combinan lo público y lo íntimo, lo social y lo existencial; pero todo visto desde un enfoque distanciado. Su estructura es muy significativa: los primeros capítulos son de gran complejidad (mezcla de materiales heterogéneos, desorden cronológico y otras técnicas experimentales); luego va decreciendo esa complejidad para desembocar en los últimos capítulos en un relato lineal con ingredientes de la novela policiaca o de aventuras. A ello se unde el pastiche de otros géneros, como el folletín o la novela rosa, y una sorprendente variedad de estilos, manejado con una inventiva y una imaginación sorprendentes. La obra resume la tendencia que va de la experimentación hacia la vuelta (en parte, irónica) a formas narrativas tradicionales.
Es también autor de divertidas parodias de no velas policiacas, como El misterio de la cripta embrujada (1979) y El laberinto de las aceitunas (1982). De 1986 es otra de sus novelas capitales: La ciudad de los prodigios. En los 90 destaca El año del diluvio (1992).
Manuel Vázquez Montalván. Cultiva con originalidad la novela negra con ingredientes sociales en su serie protagonizada por el curioso detective Pepe Carvalho: La soledad del manager, Los mares del sur...
Francisco Umbral. Narrador imposible de encasillar que rebasa los límites de la novela mezclando ficción con autobiografía, ensayo, crónica periodística... Él mismo se ha burlado de las fronteras entre los géneros. Dominio de la lengua, de la que extrae los más variados registros: lirismo, ternura, amargura, ingenio, cinismo. Destacan Balada de gamberros, Las ninfas, Trilogía de Madrid, Leyenda del César Visionarioy fundamental es su obra de 1975 Mortal y rosa.
Álvaro Pombo. Crea personajes que buscan su personalidad. La ironía y la crítica social son constantes en sus novelas. Obras: El héroe de las mansardas de Mansard, La cuadratura del círculo.
Juan José Millás. Ha obtenido su popularidad sobre todo en el ámbiro del periodismo literario, por la originalidad de su enfoque. Entre sus obras: Visión del abogado, Papel mojado, La soledad era esto.
Arturo Pérez Reverte. Su experiencia como periodista y reportero de guerra se refleja en su escritura dinámica y en el gusto por la aventura y la acción. Obras: El húsar, El maestro de esgrima, La tabla de Flandes.... y la serie de novelas protagonizadas por el famoso capitán Alatriste. Muchas han sido adaptadas al cine.
Antonio Muñoz Molina. Uno de los autores de más prestigio entre las últimas generaciones. Sus novelas generalmente se organizan en torno a la reconstrucción de una historia. Entre sus obras: Beatus ille, El invierno en Lisbpa, Beltenebros o Plenilunio.

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